En Japón, la cocina tradicional, conocida como washoku, no se basa únicamente en el sabor y la técnica: también es un reflejo del paso del tiempo. Cada plato, cada ingrediente y cada combinación cuentan una historia.
Este respeto por la estación no es solo un detalle estético: es una filosofía que conecta al comensal con la naturaleza, promueve el consumo local y preserva la frescura de los ingredientes. El washoku nos invita a redescubrir la mesa como un espejo del paisaje y del clima, recordándonos que comer también es una forma de vivir en armonía con el tiempo.
Disfrutar del washoku es adentrarse en un ritual cuidadosamente elaborado que va más allá del sabor. La experiencia comienza con la presentación: cada plato llega dispuesto con armonía, combinando colores y texturas para despertar todos los sentidos. La vajilla en sí —ya sea de cerámica, madera o bambú— se elige para complementar y resaltar el contenido, creando una escena que cambia con cada estación.
El orden en que se degustan los platos también tiene un significado. Generalmente, se comienza con sabores ligeros y frescos, luego se pasa a preparaciones más intensas y se concluye con un toque dulce o refrescante que limpia el paladar. El ritmo invita a las pausas y a la reflexión, animando a saborear cada bocado con calma, sin prisas.
Los tiempos en la mesa del washoku están sincronizados con la naturaleza y el bienestar del comensal: es común disfrutar de la comida lentamente, acompañada de té verde o sake, fomentando la conversación y la conexión humana.
Además, muchos ingredientes tienen un significado simbólico, reflejando deseos de prosperidad, salud o longevidad. Por ejemplo, el tai es un símbolo de buena suerte, y el mochi representa fuerza y resistencia. Así, cada plato nutre no solo el cuerpo, sino también el espíritu.
La estacionalidad en el corazón
Una característica esencial del washoku es el shun, o estacionalidad. La cocina japonesa celebra el ritmo natural del año. En primavera, las comidas incluyen brotes de bambú y verduras tiernas; en verano, platos refrescantes como los fideos fríos; en otoño, setas y castañas; y en invierno, reconfortantes ollas calientes. Este respeto por las estaciones permite que las personas se sientan más conectadas con la naturaleza a través de sus comidas.
Armonía de sabores y presentación
El washoku busca equilibrio en el color, el sabor y la nutrición. Una comida tradicional suele seguir el principio de ichiju-sansai (una sopa, tres platos), combinando arroz, sopa de miso, verduras y pescado. Los platos se disponen cuidadosamente para resaltar la belleza natural, a veces evocando paisajes o motivos estacionales. Comer washoku no solo es delicioso, sino también una experiencia estética.
Más que comida: un valor cultural
En esencia, el washoku encarna la gratitud: gratitud hacia la naturaleza por sus dones y gratitud hacia quienes preparan y comparten la comida. Por eso la sencilla frase itadakimasu —pronunciada antes de comer— tiene tanto peso. Significa “lo recibo con humildad”, un recordatorio de respeto tanto por la vida como por la comunidad.
Por Luis E. Hernandez